Escribo desde la pena más absoluta… Desde la incomprensión… No soy capaz de entender qué pasa. Qué he hecho mal o tal vez, demasiado bien.

Las pocas oportunidades laborales que tengo son sin remuneración alguna. Por amor al arte, tal cual. No sé si es por la dichosa crisis, que es una excusa que ya canta; o porque realmente me estoy dando de bruces… Tal vez este no es mi camino. Y que no se diga que no lo he intentado. Los respectivos títulos así lo acreditan. Hasta hace unos meses, logré una de las categorías más altas en el ámbito académico. Fue doctorarme y comenzar una etapa a la que sigo sin pillar el tranquillo.

Realicé una tesis doctoral porque pensé, ingenuamente, que por fin podría conseguir uno de mis sueños (bien es verdad que tengo muchos pero, de un tiempo a esta parte, el número se ha reducido considerablemente): ser profesora. Pues… Puede que lo sea, algún día… Pero hoy, no. O al menos, en la universidad, sea cual sea.

Me planteé, hace años, que iba a hacer un parón; que iba a invertir mi tiempo y el dinero que gané en un trabajo frustrante donde lo único que veía era un techo de cristal. Sí, al que nos enfrentamos muchas mujeres todos los días y desde hace siglos. Decidí apostar, arriesgar; eso sí, aprovechándome de mis circunstancias (en todos los sentidos posibles) gracias a mi familia. Me lancé. Dudé. Tuve miedo (como siempre), pero, repito, me lancé. Y ahora estoy, con todos los deberes hechos, con tantos títulos que podría empapelar mi casa y la del vecino y… No es suficiente. Nunca lo es.

Este año no ha sido en absoluto sabático. Todo lo contrario. Ha sido de aprendizaje continuo y de sorpresas enriquecedoras. De no esperar nada… De dejarme llevar. Me he reenamorado de mi vocación docente. Pero los alumnos con los que me he topado no eran como me imaginaba. Apenas miden 1,50m. y acaban de descubrir el mundo del teatro gracias a mí. Cada vez que he tenido un día raro o triste y les he ido a dar clase, por amor al arte, cómo no; me han enseñado ellos a mí que estoy en el camino correcto pero que la perspectiva que tenía en mente no era la correcta. Solo soy feliz cuando enseño algo que es innato en mí; no teorías de Comunicación que se olvidan una vez hecho el examen de turno…

Después de un buen tiempo, me había vuelto a ilusionar cuando me dijeron que había una posibilidad en la universidad para dar clase… Puf… ¿Por fin? ¿En serio? Pero no… No es lo que quiero, no es lo que me hace feliz y, sobre todo, es un insulto a tantos años de esfuerzo, de conocimientos adquiridos, de empleos frustrantes, de títulos varios… Se me ofrece colaborar, de manera gratuita, dando clase “cuando un profesor no pueda”. ¿En esta soberana MIERDA, y lo digo con todas sus letras, se basa la Educación Superior española? En que doctores como yo trabajemos de balde durante no sé cuánto tiempo, se nos exijan niveles estratosféricos de lenguas extranjeras y que 10 años de CV no sean suficientes.

No me gusta. Me da asco. Nauseas. Ya no lloro porque no tengo más lágrimas. Solo quiero hacer un llamamiento a todas las empresas o instituciones que ofrecen trabajo gratis a gente que se rompe los cuernos cada día. Y también me dirijo a las entidades públicas que convocan oposiciones imposibles a personas que invierten años (muchos años), dinero y sueños. Y aun así no es garantía de NADA. Por otra parte, están los que se tienen que ir a otros países, en la otra punta del mundo, para poder ejercer de lo que han estudiado. No es que sean únicamente conocidos o amigos, sino que son mis propios hermanos los que tienen que renunciar a tantas cosas… ¿Por qué, ellos? ¿Por qué, nosotros? Me parece INMORAL toda esta soberana MIERDA.

No se premia el esfuerzo de nadie. Solo se exige y exige. Esto, teniendo en cuenta que quienes copan las más importantes esferas no saben hacer la “O” con un canuto. Hace poco, me dijeron que estaba “sobrecualificada para el puesto”, ¿en qué quedamos, señores?

Os juro que ya no sé más que hacer. Qué otro sueño tengo que desechar. Qué otro pequeño objetivo cumplir… No. Y no lo sé porque no paran de cortarnos las alas. De traernos al suelo y darnos golpes. Tantos que ya no sabes cuándo te hiciste uno u otro.

Yo no me quiero ir de mi país. No quiero trabajar “de lo que sea”. No quiero que me digan que mi carrera no tiene salidas. ¿Ahora cuáles las tienen? Enumerádmelas, si tenéis cojones. Únicamente quiero trabajar de lo mío y ganar dinero. Parece que este binomio ya no se lleva, ¿no?

Seguiré soñando. Eso lo doy por hecho. Ahora bien, que a nadie se le ocurra despertarme.

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