“¿En qué piensas?”, le preguntó David a María. “En lo bonito que es el amor, el amor puro; aquel que te enloquece, que hace que te brillen los ojos… Que hace que en tu tripa vuelen millones de mariposas. Ese amor inocente, que me da miedo sentir pero que, a la vez, daría todo por tenerlo.

Ése que es una auténtica montaña rusa emocional: lloras, te enfadas, te ríes, sufres… Todo, extremadamente.

Te pasas todo el día pensando en esa persona, en las cosas que podéis hacer juntos, en los recuerdos que se pueden crear… En las fotografías que os podéis hacer para luego enmarcarlas. En un futuro… Cercano o lejano.

Pienso en que un mes a su lado pasa volando. No pienso en los besos que se puede dar… Pero sí, en los que deseo recibir y robar.

¡Ay! Cuánto duele haber perdido ese amor… Todos nos acordamos de cómo nace, de los pequeños detalles –caricias, palabras…- que se nos hacen un mundo.  Pero… Cuando pasan los años y se viven momentos ‘menos felices’ y comienzan los roces, las semanas se hacen más largas.

Me arrepiento de no haberle dicho, en su día, tantas cosas que nos hubieran beneficiado como pareja…

Comparo los tipos de amor y pareja que he tenido: el platónico, el primero, el maduro… ¿Y el verdadero? ¿Dónde está? ¿O es que ya lo he vivido y no me he dado cuenta? No sé… No sé… Algo me dice que ‘no ha llegado todavía y que se va a hacer esperar’. Llámalo intuición.

Ya no me da envidia ver a la gente a la que quiero radiante y enamorada. Me alegro mucho por ellos. Con todo mi corazón. Sólo temo que les hagan daño. Aunque siempre se aprende de todo. ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’, ¿no?

Decir ‘te quiero’ es lo más precioso que hay. Pero, como me respondieron una vez: ‘(…) es más valioso que te lo digan a ti (…)’.”, contestó María sonriendo.

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